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cromets #d'autors tastats
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Dissabte 10 de juliol
cromets4:57 p. m.Confessions d'un burgès Confesiones de un burgués Fragments)
"Cuando yo era pequeño nos sentíamos orgullosos de tener luz eléctrica, pero cada vez que podíamos encendíamos las lámparas de gas, de luz más dulce y suave, incluso para cenar si no había invitados. El piso olía a gas a menudo. Más adelante, un hombre muy ingenioso inventó un dispositivo de seguridad, una placa de platino que se colocaba encima de la llama. Cuando había una fuga de gas, esa placa empezaba a vibrar y arder y acababa estallando. Mi padre, gran amante de las novedades técnicas, fue uno de los primeros de la ciudad en adquirir tal dispositivo. Sin embargo, también seguíamos usando lámparas de petróleo, sobre todo las criadas en la cocina; y el portero continuaba encendiéndolas en las escaleras y los pasillos. La luz eléctrica era muy preciada, pero se consideraba poco fiable.
La calefacción central producía mucho más ruido que calor, y como mi madre no se fiaba completamente de aquel artilugio que funcionaba con agua caliente y vapor, hizo instalar una estufa antigua en la habitación de los niños. Todos esos maravillosos inventos de principios de siglo hacían la vida un poco más difícil, pues los inventores aprendían a nuestra costa. Unas décadas más tarde, el mundo rebosaba de luz eléctrica, de agua caliente, de vapor de motores de explosión; pero en mi infancia los inventores todavía experimentaban con sus artefactos, y todo lo que aquellos ingenieros vanguardistas vendían a sus ingenuos adeptos resultaba imperfecto e inservible. La electricidad parpadeaba y daba una luz amarillenta que casi no alumbraba. La calefacción dejaba de funcionar precisamente en los días más fríos o inundaba la casa de un vapor demasiado cálido, por lo que siempre estábamos resfriados. Pero había que “respetar la época moderna”. La hermana mayor de mi madre, sin embargo, se resistía por completo a “respetar la época moderna” y atiborraba de leña sus estufas de porcelana blanca; nosotros, en consecuencia, nos refugiábamos en su casa para calentarnos, algo que resultaba imposible con la calefacción central, y nos deleitábamos con el calor constante y uniforme, además de perfumado, de los troncos de haya."( Capítol 1. pàg. 15) ..."La atmósfera de Londres era erótica; Londres es quizá la única ciudad del mundo con una atmósfera erótica inconfundible. En París la gente se besaba en la calle y hacía el amor en los cafés..., pero el erotismo es algo oculto y rodeado de secretos; el erotismo es siempre el dessous, nunca la desnudez. En Londres no he visto ni un beso dado en la mano en público que durase un segundo más de lo debido o se prolongase de cualquier forma. Mas la ciudad rebosaba erotismo y en la niebla se oían gritos de placer. Me gustaba detenerme por las noches delante de la entrada de algún teatro para observar el desfile de unos cuerpos humanos perfectamente construidos, envueltos en frac y en vestidos de noche con escote; me gustaba contemplar la suave debilidad de la sonrisa solemne y social de aquellas personas selectas, cuando mostraban, en el vestíbulo del teatro, sus cuerpos idealmente esculpidos y cuidados, cuando hacían gala de su educación, como animales de circo amaestrados demostrando sus habilidades, cuando mostraban sus joyas, que resplandecían bajo las luces; y al contemplarlos, pensé que para que aquellos cuerpos estuvieran tan atléticos y pulcros, cada día moría en algún rincón del mundo un africano o un hindú. Sentía como si aquella representación deslumbrante y trágica hubiese llegado a su fin; lo observaba todo con mucha atención, y los propios actores parecían opinar que el dramático desenlace no podía pasar desapercibido. Por cada uno de aquellos ingleses tan cuidados, quizá incluso hasta por el ascensorista del hotel, trabajaban hasta la muerte varias personas de color, que también trabajaban por los parados impecablemente vestidos que paseaban con dignidad y aburrimiento por Inglaterra, unos cinco millones en total, que consumían el tiempo fumando en pipa, tumbados en el césped de algún parque público y visitando los balnearios de Bretaña en la época de inflacción en Francia para derrochar, con el palo de golf en la mano, el subsidio de desempleo Por ese país, por esa isla verde, envuelta en la niebla, trabajaban sudando hasta la muerte varios cientos de millones de personas en muchos lugares del mundo. Es cierto que ellos también trabajaban, pero muy poco convencidos y solo lo necesario. Hacían los trabajos más exclusivos, los más selectos, los más nobles. Al hotel en el que yo me alojaba solían llegar, a principios de otoño, ingleses de provincias para disfrutar de la season con su familia, sus gatos y sus perros. Se pasaban el día en el vestíbulo, jugando al solitario o sentados allí en silencio, iban a jugar al golf, hablaban de lo ocurrido en sus partidas.... Estaban meses así, lejos de las fábricas de Manchester o de Essex, sin hacer nada, sumidos en una actitud de constante espera, con un libro en la mano y una mirada fría e inocente en los ojos, una mirada inabordable que no preguntaba nada ni respondía a nada, una mirada de las que suelen molestar. Yo me sentía un poco como el hombre negro entre blancos y un poco como un niño entre adultos, y pensaba que sabía algo más de la vida, de los negocios y del amor, algo más preciso y más seguro que aquellos ciudadanos amaestrados, atemorizados por sus propias dudas...Pensaba que los ingleses no “vivían”, que en ningún caso “vivían” en el sentido centroeuropeo, inquietante, de la palabra, según la cual la vida es una representación continua.... La gente continental tarda en aprender que los ingleses no son en absolutos “inocentes”; lo que ocurre es que la astucia típica de la gente del este y del centro de Europa, su astucia para hacer negocios, para conquistar y embelesar no puede con la tranquilidad bien informada de los ingleses. “¡Son inaccesibles!”, comentaban los centroeuropeos que andaban de aventuras por Londres. Eran más instruidos que nosotros en los negocios y en la vida social, eran más astutos y más ejercitados, y se resistían con absoluta serenidad a nuestras técnicas de venta. Nosostros les exponíamos y les explicábamos los cosas durante horas mientras que ellos permanecían callados y, al final, sólo decían “No”, y ese “No” sonaba como sueña un cañón. Y cuando decían “Sí”, no siempre había que tomarlos en serio."(Capítol 4. pag 427-429) Editorial Salamandra, Barcelona 2004. Traductor Judit Xantus. 16.80 € Enllaços a l'autor i la seva obra: més fragments de "Confesiones de un burgués" |
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